Sala Fènix

Mientras la sociedad que crearon nuestros padres entra en un letargo sin fecha de caducidad y las fieras del poder se muerden la cola, algunos románticos soñamos con el renacer de la inocencia, con el resurgir de la curiosidad, con el revivir del espíritu libre del arte escénico y plástico.

No soñamos con un mundo nuevo, sino que confiamos en rescatar de las cenizas las virtudes de este mundo en llamas.

En definitiva, muchos de nosotros deseamos ser testigos de la caída y resurgimiento del mundo tal como lo conocemos, como una purga de nuestros propios errores para reivindicar nuestros propósitos de creación teatral y plástica, centrada en el placer de los detalles y en el acento por los valores tradicionales de la expresión artística: emoción, estética, verdad.

A lo largo de la historia de la humanidad, Cada sociedad ha creado símbolos de esperanza frente a las circunstancias adversas. Basta simplemente con abrir los ojos cada mañana para comprender la implacable circularidad de nuestras vidas. Águilas de fuego, serpientes eternas, santos que vuelven a la vida, son simples alegorías de una certeza de la que ya los comediantes del cinquecento nos avisaban en sus juglarías infinitas: después de la tormenta, la calma. Después del caos, la paz. Después de la barbarie, el arte.

Así, el Fénix, símbolo del sol que se levanta cada día, está presente en cada sociedad que ha vivido en esta tierra. La figura de esta mitológica ave de los desiertos que cada quinientos años alcanza la decadencia para resurgir de sus propias cenizas en total plenitud nos motiva en los tiempos que corren a evocar su canto. De su vuelo surge la esperanza de una nueva era y de su contemplación el anhelado recreo de los viajeros heridos.

Hoy, en medio del mundo en llamas, y con la visión de este imperio ceniciento, abrimos un nuevo espacio de reunión, de tertulia y arte, recreando el sauce en el que el Fénix, luego de su teatral resurgimiento, nos narrará las historias de sus vidas pasadas.